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El sol se dormía mientras la oscuridad atravesaba mi alma. Estaba determinada a no llorar a menos que fuera en la presencia del único que podía hacer algo… El gran YO SOY.

Silencio

Él se estacionó. Caminé aturdida hacia el altar. Una persona vino a mí con un abrazo, “Hey chica… ¿cómo estás?” Con un movimiento característico, caí en el suelo postrada. Las lágrimas que estaba determinada a no dejar perder, rompieron en llanto.

 Mi silencio, rompió.

No se escucharon palabras, sino que fueron gemidas a través de las lágrimas que se derramaron de mis ojos. Yo estaba enojada/enfadada con lo sucio que Satanás puede ser en tratar de tocar a mi papá. Una mano, se posó sobre mi cabeza mientras un gran calor resucitó dentro de mí. Versículos fluían a través de mi espíritu, “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”. (Romanos 12:19), “Jehová Dios mío, A ti clamé, y me sanaste”. (Salmos 30:2). “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre, echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán”. (Marcos 16: 17-18).

Oraciones de angustia mezcladas con esperanza continuaban saliendo. “Estoy quebrantada, pero no destruida. Papi puede sobreponerse a esto. Él es fuerte, mi héroe, mi mejor amigo. Hay demasiado en juego en él. Él me enseñó lo que era creer… él va a pasar esto. DIOS, TÚ NOS VAS A PASAR POR ESTO, ¿no?”. Su presencia santa estaba conmigo. Yo lo sentí como una persona envolviéndome mientras mis gritos se convertían en clamor.

El servicio de oración de mitad de semana, había terminado demasiado pronto. No había notado cuánto tiempo había estado abajo cuando decidí mirar arriba. Los que caminaban a mi alrededor, actuaban con preocupación. “¿Ellos sabían? ¿Estaban sacudidos por la pelea de mi papá?” Me levanté fuerte, valiente, y lista para atacar cualquier palabra sin esperanza o falta de bondad. Determinación pura, estaba conmigo. “Satanás, tú quieres una pelea, vamos a HACERLO!” Caminé fuerte de vuelta a la camioneta, mis piernas ya no tambaleaban. Yo sabía que cada vez que pisaba fuerte, el enemigo asqueroso sabía quién era yo.

Esa noche, no pude ver a mi papá, ni tampoco hablarle. Yo quería una salida limpia a un encuentro audaz con mi mejor amigo. Yo sabía que él estaba pensando en mí, y yo en él. “Papi, no te preocupes, nosotros te cubrimos. Los ángeles, Dios y yo, estamos aquí contigo”.

Limpiando mi cara, pequeñas manchas rojizas, llenaron los Kleenex. Mientras bajaba la visera del lado del pasajero para mirarme en el espejo, me quedé atónita. Los poros de mi rostro, irradiaban pequeños puntos de sangre.  Mi angustia tan severa, mi intercesión tan inflexible… y mi voluntad… tan fuerte. Rápidamente, el Espíritu Santo, me recordó a Jesús cuando oró el día antes de ser crucificado. “Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44). Me di cuenta que las miradas de la gente, no eran porque sabían; eran por causa de mi cara.

Yo era una niña, pero al día de hoy… crecí. Mi intercesión era ferviente, y mi esperanza, fuerte. “Estaré lista para verte mañana Papi”.

Hasta la próxima publicación en (Papi)

-Cynthia

P.D: Ésta, es la segunda página de (Papi), Click aquí para la página 1.